“...Entoncees creció como el humo, se liberó de las cadenas, y rugió. La hora había llegado.
Surgió de nuevo, como la piedra angular del mismo Odio. Como un volcán atravesando la tierra. Como el huracán y la tormenta. La venganza más temible y más antigua. Cada vuelta de su mano era una derrota colosal. Cada crujido de sus huesos, destrozados por los grilletes, un cataclismo. La sangre de su espalda tiznó los cielos de rojo en ese instante, y sus heridas se abrieron como estigmas entre las nubes de carbón. Sus gritos y sus llantos libaron el frenesí de la locura sobre las cabezas d todo ser viviente o inmortal: Regó la entre los cráneos que se quebraban contra la tierra y la arena. Los miembros cercenados por el relámpago salpicaron el germen de las bestias sobre la negrura: el fango fornicó con los gritos de los sobrecogidos para dar a luz a todos los demonios. Volaban por doquier como libélulas.
Mientras su pecho se llenaba con llamas, su boca se abrió con un redoble. Sus pulmones se vaciaban de una rapsodia nocturna, un aria frenética repleta de los coros de la desdicha. Su voz fue creciendo y creciendo sin cuento ni límite, y entre sus costillas se alojaron todos los torbellinos del vacío.
Todos los antiguos reyes, y el mármol, y el oro, y la gloria, el esplendor, y hasta la vida se hicieron horror, muerte, polvo: miseria. Miseria extendiéndose hacia lo inimaginable, retorciéndose en torno a un corazón vacío. Se elevó sobre el aire, creciendo en tamaño y en furia, sobre las olas, el mar, sobre todos los océanos, sobre el Cielo y todos los cielos y, por último, tomó su obra entre sus manos. Sus huestes informes (escamas de serpiente escarlata, ojos de furia humeante, patas de cabra azuladas y vientos de incontables frentes) alcanzaron la cima y se unieron a su majestad, y bendijeron con las llagas de sus lenguas la muerte y el alzamiento. Entre su índice y su pulgar cupieron todos esos prodigios: el Mundo, la creación debastada, contenida en un mínimo espacio, tan insignificante era tamaña labor de destrucción. El Dios Negro, anunciado por todas las profecías, con un mundo en ruinas en su mano derecha, más parecido a una baratija casi invisibe. Incluso acabó pareciéndose a una partícula de polvo o a un excremento de mosca.
Aquel ridículo Caos tuvo entonces nombre y tomó forma, y fue tan suyo como su alma y su cuerpo. Se había convertido un vacío irrepletable contenedor de todo el odio jamá imaginado. Como contenía toda su rabia y el resultado de sus más primitivas artes, era su centro y su apoyo, y nada era sin él. Era el “Átomo Oscuro”.
Pronto, aquel nombre fue temido por todos, y muchos pueblos fueron cayendo bajo aquella sombra repentina que, anegando cada valle y cada foresta con sufrimiento, rubricaba en la Historia un comienzo ahogado en tinieblas. La hierba se secaba con su avance, y el cielo se llenaba de aves de malos augurios. En un confín gélido y valdío a la contínua merced de la ventisca, con granitos apilados sobre cadáveres, se erigieron los torreones incontables del Bastión del Mal.
Pero, cuando toda esperanza parecía perdida, apareció el Salvador.
Las brumas más densas se congregaron en torno a la mirada de las Lunas, de breve agonía y ahogada muerte, sepultadas bajo el rayo y sus gritos enloquecidos de cólera. Sobre el flamante corcel, el Gran Liberador sostenía el arma mística que había de otorgarle la victoria. Del cielo cayeron infinitos chuzos de llamas. Las estarascas enjutas, brujas de la niebla y el pánico, murieron convertidas en milenarias cenizas, y sus gritos moldearon en el cielo los ojos y las manos, los colmillos y las peñuñas, la nariz de serpiente y los cuernos de mil cabras que eran miembros del Maligno. Apareció con las mil colas de bestia y el aliento de Muerte. Tenía entre sus dedos las cabezas de los miles de caídos: los ojos de los Antiguos, las voces de los Primarcas callaban en su mandato:
-¿Quien osa, quién, entre los confines de los Vientos y sobre las espaldas de los Mares y entre las piernas del Éter venir a invocarme a mí? Yo que he aniquilado a los Inmortales. ¡Yo que he callado a los Vociferantes, yo que he aplastado a los Inquebrantables!-y la muerte se llevó a una horda de aquellos ganaderos que escoltaban al Salvador en un remolino de furia-. Yo que de la rabia he hecho mundo y de la nada he hecho Destino, yo que he llamado a las voces Primigenias mis Hijas, hijas de la Destrucción -y de las entrañas de la tierra yerma y valdía, espumarajos de roca fundida se arrojaron sobre los corceles y las cabras-. Yo que hice de la inconmensurable Masacre una ínfima herramienta, yo que niego la grandeza, yo que empobrezco el esplendor, ¡Yo no me doblego a las órdenes de Nadie, sea bestia, demonio o Demiurgo! ¡De nadie! -los tornados enloquecieron y barrieron el polvo de todos los cadáveres, que en el viento sollozaron con un desasosiego tibio su inevitable destino-. Ven aquí, escalador de tronos, vendedor de hazañas a onzas de fama y de carne. cóbrate con tu misma sangre el pago por tu osadía, andrajoso campesino. Mucho he oido hablar de ti.
Y una mano sideral enguantada en hierro y oro proyectó sobre el mundo su sombra. El Paladín tomó el baño umbrío, blandiendo en alto su arma fulgurante. Levantó su visera y alzó la vista al cielo. El Amo Siniestro le arrojaba una zarpa cubierta de tinieblas. ¡Tan grande era, que en su palma y entre sus dedos se había erigido un reino entero, poblado de demonios!. En sus almenas pudo ver furias y dragones, aproximándose con la vista puesta en él. En las atalayas que caían destrozadas por la fricción de los vientos, un ejécito de demonios untados en óleos le saludaban.
Sonrió.
Y por todos es sabido que en ese momento en que todas las esperanzas habían sucumbido y todos los cánticos no eran sino salvas a la muerte, el Salvador tomó su filo prodigioso y lo arrojó hacia el horizonte. Tanta fuerza le sustrajo el hacha para poder arrojarse contra el Señor Oscuro, que incluso su esencia le fue en ello. Sus huesos se quebraron al unísono, sus brazos enflaquecieron de súbito, sus gritos se llevaron su cordura y su alma, su vida y su historia. No quedó sino yelmo y visera, que cayeron al suelo con lentitud entre despojos, sombras y ecos.
El vuelo del hacha, que rasgaba todos los vientos, cruzó su camino con el de las fieras que esperaban en los alféizares partidos, sobre los pilares derrumbados, tras las murallas hendidas. Escombros iba dejando a su paso entre la materia de las penumbras, hasta que dio en el mismo centro con el ínfimo orbe, escondido en la confluencia de mil recovecos. Y es por todos sabido, que lo imposible aconteció entonces: el Átomo Negro fue cortado en infinitos pedazos, y su infinidad a su vez quebró hasta la aniquilación la que desde entonces es llamada el Hacha Imposible.
No sosteniéndose ya sobre ninguna otra cosa, pues el Átomo había muerto, el Dios de las Tinieblas rugió y deformó sus ya grotesquísimos trazos. Sus truenos se hicieron chispas, sus aguas embravecidas, lluvia de rocío, y la mueca de horror sangrienta de su ocaso interminable dio paso tras negros telones a las mil risas de plata.”