jueves, 4 de agosto de 2011

Bestiario del Ensueño: El Artesano

"He aquí que yo hice al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra".

Isaías 54:16

Les voy a presentar a un viejo amigo. Alguna vez todos le han visto ya, pero seguramente ninguno se acuerda de él. Nadie lo hace. Ni él mismo se acuerda de él. Si lo van a visitar, donde nada permanece, pero donde todo es eterno e intangible, lo encontrarán sentado y ensimismado. Su presencia les pasará casi desapercibida. Está cansado, porque ha vivido ya tanto... ¡Y apenas es un crío!

Sus manitas longevas y arácnidas, rápidas y hábiles, parecerán lastres pesados desplomados sobre los brazos de un sillón. Se pasa el día adormilado, sin más existencia ni vida que un jirón de tela en un trono de piedra. Suspendido en el vacío, con sus ojillos distantes contemplando un punto fijo, no se levantará a saludarles. Sus firmes labios no sonreirán. Es más, no hará movimiento alguno, y no respirará. Así se pasa la vida. O así, los más de sus días.

Pero no piensen que así se queda todo el tiempo, como un jirón de nube, como una estática bruma. Aunque ya es improbable, si acuden el día oportuno, observarán un espléndido espectáculo.

Sus globos oculares, casi siempre vacíos de luz, en ocasiones se encienden. Entonces los abre, sorprendido, arrebatado por un impulso insólito, tan familiar al mismo tiempo que se ha tornado extraño. Los carrillos se sonrojan, el sudor cubre su frente, y el aire corre de súbito por su garganta inocente. Ahoga un grito, se encoge, diminuto, dentro del sillón eterno.

Un relámpago se abre paso entre sus dedos menudos. A su diestra acude la Luz, y las Sombras a su siniestra. No sabe aún bien por qué, pero sólo cabe unacosa en su primitiva y simple mente: amasar.

Entre ambas manos retuerce una líquida penumbra, que con la grasa de sus palmas se va densificando. Rugen los fieros instintos, en la oscuridad profunda. Y las voces de la razón, iluminadas y pomposas, se ahogan y resurgen a cada movimiento de su mano. Ansioso e insatisfecho estruja sin parar la cosa que le ocupa.Pero al final, muy merecida, le viene una repentina calma, suspira.

Tras tomar algo de aliento, ve que ahora ha conseguido una homogénea forma de arcilla. Curioso, la mira, por todos los ángulos. Con las puntas de los dedos, le dibuja surcos y formas: relieves que rellenar con ambiciones e ideas.

Al final le queda un artefacto frío, con atrios y vientres: un corazón frío. Se incorpora.

Mira a través de los agujeros, y se encarga de que no haya ninguna forma suelta, ningún impulso sin ubicar, ninguna fuerza desmesurada. Sobre todo, se encarga de un frágil punto de fractura. ¿Para aliviarlo? ¡Nunca! Para hacerlo bien tierno, bien fácil de romper.

Y cuando todo está listo, sopla con el calor de su aliento de fuego. El calor hace latir su nueva creación, las llamas que crepitan trepan por cada junta, cada grieta, cada cavidad.

Sopla más: y cuanto más viento despliega, más rápido late el bicho. Sonríe, divertido, y sigue haciendo de fuelle.

Está contento: levanta las manos al cielo, y el fuego reordena sus llamas, la arcilla despliega sus velos.

El ave despliega sus alas, llameando con arrogancia, se va batiendo sus membranas, con la velocidad de un rayo. Apenas se vuelve a mirarle, apenas le dedica un trino: no escucha sus súplicas, ni sus sollozos ahogados, y con el restallar continuo de sus alas, se va volando hacia un oculto despertar.

¡Ingrata criatura! Se cae sobre el trono, compungido y hastiado, y se queda mirando en el vacío, allá donde se ha ido su obra, tronando en cada batir de alas, mientras estallan los latidos de su inocente corazón. Sus arácnidas manos se desploman sobre el eterno trono, y así queda. Si van a consolarle, no se levantará siquiea para saludarles. Si alguna vez quieren recordarle, porque una vez le conocieron, él habrá hecho todo lo posible por olvidarles, por olvidarse. Sus labios firmes no dejarán escapar ni una palabra, y ajado, vetusto y niño, nutrirá con su inocencia su poróxima idea. Permanecerá sentado, ensmismado en lo eterno y lo intangible.

Y así hasta que de él sólo queden las cenizas.